¿Qué nos sucede al leer una novela?

Zambullirse en una obra ficcional genera placer, empatía y la experiencia neuronal de “hacer” lo que estamos leyendo.

En su artículo “Libros que me han influido”, publicado en The British Weekly en 1887, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro, entre tantas otras obras, comenta que los libros más decisivos y de influencia más duradera son las novelas, porque “no imponen al lector un dogma que más tarde resulte ser inexacto, ni le enseñan lección alguna que luego se deba desaprender. Repiten, reestructuran, esclarecen las lecciones de la vida; nos desvinculan de nosotros mismos obligándonos a familiarizarnos con nuestro prójimo; y muestran la trama de la experiencia, no como aparece ante nuestros ojos, sino singularmente transformada, toda vez que nuestro ego monstruoso y voraz ha sido momentáneamente suprimido”.

Todos los amantes de los libros comprobamos, línea a línea, el goce de la lectura. No importa si uno está enfermo, cansado o muy ocupado, siempre busca un rato para llenar su alma leyendo algunas páginas. También todos los lectores hemos comprobado la amplia empatía que poseemos, generada —como decía el autor de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde— justamente por la acción de leer. ¿Pero somos conscientes de la experiencia neuronal de “realizar” las acciones que leemos? Puede que esto sea algo más difícil de concientizar, a pesar de que nos sucede a todos. Así es. Con imágenes de una resonancia magnética funcional se comprobó que cuando alguien lee frases que describen una acción, la lectura conduce a la simulación del contenido motor y emocional en el cerebro, y se acompaña de cambios en las regiones cerebrales que provocan la acción, como si el lector estuviese efectuándola.

La ficción y el aprendizaje

A su vez, la ficción permite al lector simular y aprender de la experiencia ficticia. Según Keith Oatley, profesor de Psicología de la Universidad de Toronto y especialista en la psicología de la ficción, uno de los usos de la simulación es que, para adiestrarse en cómo pilotar un avión, resulta útil pasar un tiempo en un simulador de vuelo. Desde este entorno seguro, es posible enfrentar una amplia gama de experiencias y ensayar cómo responder ante situaciones críticas; estas  habilidades aprendidas se transfieren luego al pilotar un avión. De la misma manera, al involucrarnos en las simulaciones de la ficción, lo aprendido se transfiere a nuestras interacciones cotidianas.

¿Cuál es la forma correcta de leer?

Muchos se han hecho alguna vez esta pregunta. No creemos que haya una única forma correcta de hacerlo, como tampoco no hay una única interpretación de lo leído. Aquí citamos la recomendación que ofreció Virginia Woolf a las estudiantes de un colegio en Kent en una conferencia impartida en 1926: “Para leer bien un libro, hay que leerlo como si uno lo estuviera escribiendo. Empieza por no sentarte en el estrado con los jueces, permanece de pie en el banquillo, con el acusado. Sé su compañero de trabajo, conviértete en su cómplice”, expresó la autora británica y continuó: “Uno puede pensar lo que quiera acerca de la lectura, pero nadie va a imponer leyes al respecto. Aquí, en esta habitación, entre libros, más que en ningún otro sitio, respiramos un aire de libertad. Aquí, simples y doctos, el hombre y la mujer son iguales. Porque, no obstante, la lectura parece cosa simple —una mera cuestión de conocer el alfabeto—, de hecho, es tan compleja, que es dudoso que alguien sepa lo que realmente es”.

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